No imagino mi vida sin hacer mi trabajo interno cada día.
La peor sensación es la «no sensación». Cuando no sientes absolutamente nada, tu mente ha bloqueado la experiencia de vida dentro de ti; ese es el automatismo del ego. Cuando has aprendido a darte presencia a través de sentir todo dentro de ti, no sabes vivir de otra forma, de hecho sabes que no sentirte es en verdad permanecer muerto ante la vida. Sentirte profundamente es el camino para amarte, para sanarte, para crecer, para conocerte…para volver a casa.
«El Amor más grande» – Rebeca BenLuz-
Hoy, mientras revisaba mi correo electrónico aparecieron unos emails de una persona con la que compartía hace un año un proyecto que puso en marcha. Me quedé reflexionando porque intuyo que no terminó de hacerlo y que lo dejó a medias.
¿Cuántas cosas has comenzado y has dejado a medias? ¿Con cuántas cosas has comenzado con ilusión y al tiempo las has abandonado con cierta sensación de «fracaso», «impotencia»..?
¿Sabes por qué ocurre esto?
Yo he vivido eso mucho tiempo, hasta que aprendí algo en mi proceso personal: cuando no sabes sentir y no te das presencia en tus emociones, éstas se apoderan de ti sin darte cuenta porque no estás siendo conscientes de ellas, y la resistencia oculta a hacer lo que te propones te arrastra si no te ocupas de ella de raiz; una raíz que viene de heridas sin sanar y que te hacen aún estar en piloto automático de ausencia de amor e infantilismo emocional.
Nuestra falta de presencia con nuestro sentir no nos permite ni sanar ni crecer, y es sanando lo que hay en nuestro interior como en verdad evolucionamos hacia el amor real, hacia la verdadera madurez espiritual que abarca no sólo lo emocional, sino también lo psicológico. Eso es expandir nuestra consciencia, que ésta hecha para eso, para evolucionar y extenderse. Sin embargo, nos resistimos a creer que así sea.
Podemos llevar años leyendo libros sobre esto que digo, pero lo único que hará que salgamos realmente del adormecimiento mental es sentir nuestras emociones y empezar a darnos amor para sanar lo que nuestro inconsciente esconde.
¿Cómo vamos a crecer si seguimos arrastrando nuestras heridas de la infancia? ¿Cómo vamos a evolucionar y madurar si no nos hemos hecho cargo de las emociones que tantas veces hemos evitado, fingido y hecho como que no existían? ¿Quién va a crecer realmente si uno no se escucha así mismo para reconocerse en el lugar en el que está para ver y sentir hacia dónde va y hacer un balance sincero de su vida?
Hace años que no me sirve cuando me dicen que esa frase de «la edad es un grado»…no, no es cierto.
Falta honestidad, mucha honestidad.
He trabajado durante más de siete años atendiendo a personas de muchas edades, y de nada sirve los años que uno tenga si no ha entrado en sus profundidades para encontrar la verdad más allá de su ego y su mente pensante. De nada sirve cumplir años si no nos hemos parado a sentir honestamente nuestras emociones y hemos aprendido a darnos amor para conocer el amor real dentro de nosotros.
De nada sirve tener más años que Matusalén si uno nos ha aprendido a atender sus propias emociones, sanar sus heridas internas para crecer y disolver ese ego que sólo sabe de reclamar y mendigar fuera lo que no quiere darse uno dentro.
El ego se va haciendo cada vez más pegajoso, más duro, más rígido, más cómodo, más vago, más controlador…va adormeciendo cada vez más. Por eso, la edad no es una buena aliada si no nos hemos responsabilizado de nuestro sentir y hemos elegido un camino diferente a lo que nos han enseñado, que es anestesiar nuestro sentir y dejarnos llevar por nuestro inconsciente.
La salida a esto siempre es el amor, siempre es entrar allí donde hasta ahora no hemos querido entrar para atender aquello que protegemos porque duele y que evitamos para rechazar nuestra condición vulnerable y sensible que nos devolvería el poder real de nuestro mundo interno.
Cuando te das el permiso de entrar ahí te estás dando permiso para crecer; te estás dando permiso para abrirte a amarte y conocerte; te estás dando permiso para vivir la verdad que hay dentro de ti; te das permiso para ser honesto contigo mismo y devolverte la confianza que has ido perdiendo durante años. Te estás dando el permiso de sanar para empezar a mover esa rueda que no tiene porque parar en dirección a lo que siempre ha querido tu alma. Te das permiso para ya no abandonarte a ti mismo y así reflejarlo con las cosas que haces fuera.

Yo vivo cada día de qué manera ya no abandono mis cosas ni todo aquello que empiezo porque elijo amarme a mi misma hasta el final. Escucho y atiendo mi mundo interno, y en cada herida, en cada muro que he puesto al amor, en cada emoción entro con amor; dejo entrar a lo Divino para que pueda ser sanado lo que no está alineado con el Amor en mí, y de esa manera seguir avanzando en todo. Y ese trabajo interno siempre, siempre, siempre, se ve reflejado en mi mundo externo. Funciona así.
Por eso es tan importante sanar las viejas heridas que esconde nuestro inconsciente. Es la manera en la que logramos realmente superarnos y no dejar ya más cosas a medias, no abandonar nuestros proyectos y sueños; no rechazar lo que nuestro alma anhela.
Una de las heridas que más he visto funcionar en todas las personas con las que he trabajado, y conmigo misma, es la herida de abandono.
Tendemos a abandonarnos a nosotros mismos. Tenemos miedo a que nos abandonen o a abandonar a otros. Tememos quedarnos solos o perder cosas y personas…y nos movemos desde todos esos lugares porque sufrimos de una herida de abandono que está sin sanar.
Abandonamos lo que somos en un intento constante de agradar a los demás, acoplándonos a sus necesidades, a sus reclamos o exigencias. Nos convertimos en los cuidadores y protectores de los demás, sin ayudarnos a nosotros mismos y abandonando por completo nuestras necesidades y sentimientos.
¿Te suena todo esto?
Si, la herida de abandono es algo que no nos permite ser libres y sentir el verdadero placer de ser lo que hemos venido a ser. La herida de abandono nos resta amor propio, nos hace abandonar nuestra propia autoestima, restarnos importancia y valoración.
¿Te gustaría sanarla?
Entonces te invito a hacer este workshop para que puedas ayudarte a ti mismo a sanar esta herida de manera profunda y de raíz.
Siempre, con todo mi Amor;
Rebeca BenLuz



